8 de noviembre de 2008

Crónica de un pariente político

Mi cuñado Víctor Manuel Navarrete Ruiz, esposo de mi hermana Patricia Cravioto Galindo, escribió la siguiente crónica de la reunión familiar celebrada el 25 de octubre de 2008, en Huauchinango, Puebla.

Reunión familiar de los Cravioto en Huauchinango

Crónica de un pariente político
El sábado 25 de octubre fui a Huauchinango, en el estado de Puebla, porque la familia de mi esposa tuvo una reunión por la improbable conmemoración del 179 aniversario del nacimiento del general Rafael Cravioto Moreno, uno de los cinco hijos de Simón, quien proveniente de Italia fundó esta dinastía en México, si no es que en todo el continente americano.

De hecho, todos los Cravioto que escriben el apellido con una “t” en lugar de las dos que llevaba el original, descienden del tal Simón y por lo mismo son parientes en algún grado, no muy lejano por cierto, dado que los más jóvenes se calcula que integran apenas la séptima generación. A estas alturas, la construcción del árbol genealógico de cada miembro de la familia es, si no fácil, al menos posible.

A propósito, a esta tarea de documentar la historia familiar le dedica parte de su tiempo mi cuñada Mónica, quien mantiene una página de internet que se ha constituido en un vehículo de encuentro y de cohesión familiar.

Debe de ser reconfortante pertenecer a una familia en la que todos, pero absolutamente todos, los que se apellidan igual tienen lazos de parentesco. El nivel de identidad, de pertenencia, e incluso de autoestima, como se dice ahora, me imagino que se magnifica. Basta que un o una Cravioto oiga este apellido en alguien hasta ese momento desconocido, para que la actitud cambie y se genere un ambiente de camaradería, de viejos conocidos, sin necesidad de la engorrosa investigación sobre antecedentes familiares que casi todos los apellidos requieren para asentar algún parentesco.

Y mucho de este ambiente prevaleció en la reunión de Huauchinango.

Antes que nada, como debe ser, se tomó la gran foto familiar en la escalinata adyacente a la plaza principal, que parece haberse construido para este propósito. De ahí, caminamos unas cuantas cuadras, hasta llegar al panteón que se distingue precisamente por la tumba del homenajeado – toda de mármol de Carrara, realizada por Adolfo Ponzanelli y que constituye punto de visita obligado para los forasteros– frente a la cual otro de mis cuñados, Jorge, nos regaló un magnífico discurso.
Después, nos fuimos a comer a un restaurante que cuenta con una agradable vista panorámica de la presa Necaxa y donde ameniza un estupendo grupo musical. Fue en esta comida en la que el afecto familiar se mostró a plenitud: hubo porras y agradecimientos, se contaron historias y anécdotas familiares –todos los que quisieron hablar, lo hicieron– y la fiesta culminó con una especie de concierto ofrecido por Humberto Cravioto –el más popular de la familia– y tres de sus hijos que heredaron, en parte al menos, su poderosa y bella voz de tenor.
Resulta interesante y curioso que la carrera política de la primera generación de los Cravioto mexicanos no la hicieran en Puebla, sino en el estado vecino de Hidalgo, donde tres de los hijos de Simón fueron gobernadores durante 21 años seguidos –de 1876 a 1897, periodo que corresponde por completo al porfiriato– hasta que el general Rafael Cravioto fue, según se dice, destituido por Porfirio Díaz.

Si bien la gestión pública de los Cravioto es, al parecer, controvertida, su pueblo natal les dispensa cariño y respeto que se muestran en un busto de Rafael en la plaza principal; en las tumbas, verdaderos monumentos artísticos; en las calles principales, nombradas en su honor; y en actos conmemorativos de sus nacimientos. De hecho, como otra muestra de lo mismo, para la reunión de los Cravioto, y sólo por tratarse de esta familia, el gobierno del estado proporcionó, a través del diputado federal Alberto Amador Leal, el apoyo para realizar la reunión.
Un pequeño grupo pernoctamos en esta singular ciudad enclavada en la Sierra Madre Oriental, lo que nos permitió conocerla un poco más y vivir un momento extraordinario que contaré más adelante.

Huauchi, como cariñosamente le dicen sus habitantes, cuenta, entre muchos otros, con dos templos, uno junto al otro, que no podrían ser más diferentes entre ellos, aunque ambos son igualmente hermosos. El más antiguo, de arquitectura anterior al Barroco –sobrio, sin adornos pero imponente– sufrió un incendio en el que perdió el techo, mismo que fue reemplazado por uno de dos aguas, cuyos vitrales le otorgan una luminosidad intensa que permite, incluso, cierta vegetación en el interior. El otro templo, construido por alguna razón a diez metros del primero a mediados del siglo XX, es un enorme monumento modernista cuya cúpula, que debe de ser una de las más grandes de México, está inspirada o es réplica –quisiera creer– del Panteón de Roma. El contraste, el tamaño y la ubicación estrecha en un lugar donde lo que sobra es espacio, hacen de este conjunto arquitectónico una atracción, por decir lo menos, interesante.

Pues bien, cuando visitábamos el primer templo, el antiguo, sólo se encontraba un grupo reducido de fieles en torno del altar, como haciendo un ofrenda especial. De pronto, empezamos a oír el Ave María de Schubert cantada a capella, con voces de tenor y bajo, de una forma por demás sentida y bella. Mi esposa me hizo reaccionar: ¡Eran Humberto Cravioto y sus hijos!, cantando para Dios, para ellos mismos y, sin saberlo, para nosotros. Al salir, mi esposa y yo recordamos que mi suegro –de nombre Adalberto y bisnieto de Rafael– invitó a Humberto a nuestra boda a cantar el Ave María, y aunque prometió asistir, no llegó. Bueno, nos pagó esa deuda 27 años después, en Huauchinango, ¡quién lo hubiera imaginado!

Víctor Manuel Navarrete Ruíz.
Noviembre, 2008.

(En la primera fotografía aparecen, de izquierda a derecha, Christy Cabrera Manrique; Mónica, Jorge y Patricia Cravioto Galindo; Sonia Bernal Salazar; Víctor Manuel Navarrete Ruíz, y María del Carmen Martínez Pardo, frente al mausoleo construido por Adolfo Ponzanelli para el general Rafael Cravioto.)

Víctor Manuel Navarrete Ruiz falleció el 16 de septiembre de 2011, a los 58 años de edad.
Descanse en paz.

1 comentario:

  1. Gregorio González Garza12:00

    quien tiene o sabe donde conseguir el libro escrito por don Rafael Cravioto. me super interesa, soy ahora el dueño de la Hacienda de El Zoquital. si alguien sabe pásenme datos: ventas@borregos-dorper.com

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