16 de enero de 2011

En el aniversario de la creación del estado de Hidalgo

En el aniversario de la creación del estado de Hidalgo, Luis Corrales Vivar-Cravioto publica un emotivo artículo que reproduzco a continuación:



HOY 16 DE ENERO
Arq. Luis Corrales Vivar

Hoy es 16 de enero de 2011 y nos complace mucho conmemorar el aniversario de la erección del estado de Hidalgo. Este mismo día, en el año de 1869, nace como estado de la federación este territorio que comprende a nuestra entidad. Fue Benito Juárez, el reformador, quien firma el decreto que culmina una serie de esfuerzos de varios distinguidos liberales, entre los que destaca Manuel Fernando Soto, que desde varios años antes venían trabajando para que lo que en la guerra de intervención fuera el Segundo Distrito Militar del Estado de México se convirtiera en estado libre y soberano de la federación con el nombre del padre de la patria.

Por eso, también recordamos hoy con cariño y gratitud a don Benito Juárez, benemérito de las Américas y decimos que jamás podrán sustraerlo de la historia y menos del corazón de los hidalguenses.

Esta es nuestra acta de nacimiento, este es el origen legítimo de nuestra patria chica y nos es muy grato recordarlo y pregonarlo, nos es de una gran importancia saber que esta tierra tiene un pasado grandioso, una herencia incalculable, saber que en este territorio, entre sierras y montañas, valles y barrancas, se han tejido urdimbres de arte, de ciencia, de honor y de progreso.

Los hidalguenses recordamos el 16 de enero con orgullo, porque creemos que lo mejor está por venir. Nos apoyamos en un pasado milenario porque sabemos que nos espera un futuro promisorio y esperanzador. Enfrentamos los retos del hoy y del mañana porque sabemos que tenemos atrás un sólido respaldo histórico y cultural.

Seguramente los liberales integrantes de la ilustre generación de la Reforma, que con sus ideas y empeño dieron vida al nuevo estado, sabían que estaban estableciendo para México, para el mundo y para la historia de la humanidad, un espacio en el centro del país, rico en recursos naturales y humanos que estaba listo para integrarse al mosaico maravilloso de esta gran nación. Porque Hidalgo es así, una extraordinaria combinación de dos tesoros: una gran riqueza natural y hombres con recia estirpe y ojos visionarios.

Cómo nos complace recrear hoy esta dualidad. Así parece que junto al gran templo de Tlahuiscalpantecuhtli, en Tula, aparece la sombra luminosa de Ce Acatl Topiltzin Quetzalcoatl caminando entre las columnas que llamamos Atlantes, como seguro también habitan aún las cavernas de Tepeapulco y Ajacuba los primeros habitantes de América autores de pinturas rupestres, los mismos que en El Cajón, caverna situada en Huichapan, pintaron hace miles de años una cadena de humanos tomados de las manos como un pregón de hermandad y unión que debemos imitar siempre en Hidalgo.

Las fatigadas figuras de fray Juan de Sevilla y fray Antonio de Roa, el Santo, como lo llamaban los indígenas de la sierra, seguro tienen presencia virtual entre los muros de los conventos de Metztitlán y Molango sobre todo al inundarse de ocres tonos los atardeceres serranos que tienen una extraña luminosidad.

Los tlacuilos de Tepeapulco aun dibujan las historias que le cuentan a fray Bernardino de Sahagún en las escaleras de acceso al convento, creyendo que todavía es templo prehispánico. Los tlachiqueros de los llanos de Apan caminan ahora, un siglo después, en las salas y recámaras de rico mobiliario europeo de las magníficas haciendas pulqueras, a las que nunca entraron cuando vivían.

En el Valle del Mezquital, fray Andrés de Mata, religioso agustino, arquitecto y constructor, levantó ante la mirada atónita de los Nhanhú, el fastuoso convento de Actopan que desde hace 400 años domina el valle con su majestuosa torre mudéjar. En su capilla abierta, todavía escuchamos los ecos de las prédicas cristianas que, con la ayuda de asombrosas pinturas murales, recreaban la mente de los indígenas con escenas de los tormentos infernales que aterrarían al mismo Dante.

No conformes los agustinos con hacer historia con el convento actopense, edificaron apenas a 30 kilómetros de distancia el magno convento de Ixmiquilpan que consagraron a san Miguel Arcángel, y en cuyos muros interiores convocaron a los pintores indígenas a que plasmaran los más extraordinarios murales híbridos de las mitologías helénica, hispánica y náhuatl que se conozcan en el mundo.

La niebla sigue bajando diario para confundir los contornos albinos del Santuario del Señor de La Salud que alivia a serranos y huastecos en San Agustín Metzquititlán. En Molango, pasa temporadas el espíritu noble y melancólico del guerrero Felipe Ángeles que seguro sube a contemplar la población serrana desde la cumbre del Santo Roa para recrearse también con las aguas de la laguna de Atezca, esmeralda entre el follaje.

Cuántas bellas escenas nos recuerdan el querido terruño; es que la belleza es muy difícil de olvidar. Así para que no olvidaran los niños sus primeras letras, Nicolás García de San Vicente en Tulancingo, escribió cantando El Silabario, y en las planicies del verde valle, entre flores y ahuehuetes, chocan los versos rimados del cuaderno con las hojas destellantes en recuerdo del maestro-sacerdote de Acaxochitlán.

Las ironías y suspicacias de los versos críticos de Anastasio Marìa de Ochoa y Acuña se hacen presentes al contemplar la plaza principal barroca del conjunto religioso de Huichapan y parece que al momento aparecerá la figura encorvada y triste de Abundio Martínez al frente de sus músicos indígenas, listos para subir al quiosco y desgranar las notas de las bellísimas danzas que compuso para Margarita, Anita, Matilde y Celerina. Para después, de pie, ejecutar el pasodoble que enciende la fiesta taurina y anima la charreada, el pasodoble de corte español compuesto magistralmente por un indígena otomí: El hidalguense, casi un himno para Hidalgo. Con esta bella pieza, los montes torean a las nubes en la sierra alta de Tlanchinol y Tianguistengo bajando para la huasteca al ritmo de los templados pases del gran Vicente Segura que feliz hubiera pintado de blanco el tendido con los toros de Huichapan o de la sabana de Huaquilpan.

En el entramado variadísimo del mantel hidalguense vibran los colores vivos de los tenangos con sus animales fantásticos colocados simétricamente y las múltiples expresiones del arte manual en cestería y barro, ixtle y madera, que pacientemente fabrican los paisanos pensando en el mercado, en el tianguis y en la feria. Figuras de colores, cristales y herrería, amates y jorongos, sombreros y cotones, todo esto nos evoca, todo esto nos motiva, todo nos hace pensar, qué compromiso mayor, vivir entre tanta gracia y no entregar merced mejor. Aquí estamos nosotros, en la heredad de este nuestro estado, con el pendiente de entregar mucho más de lo recibido y de seguir un camino definido, así pues como dijo el poeta Guzmán Mayer:

“Algo tienes ¡Hidalgo! Que señalas
en el curso de tu hora detenida.
El que sigue una ruta definida,
mucho tiene de olímpico en las alas”.

En la lucha liberal contra los franceses, Aniceto Ortega compuso el himno del liberalismo, la Marcha Zaragoza, que los domingos se toca en el quiosco de la Floresta en Tulancingo, su tierra y que copiaron los alemanes para animar a su ejército, al atacar en la guerra franco-prusiana a fines del siglo XIX.

Mil recuerdos más de la dualidad que Hidalgo vive, la naturaleza y el hombre, la tierra y el arte, la piedra y la música, el agua y la ciencia, el viento y la palabra, como la que escribió la gran Margarita Michelena, nacida en Pachuca, en un poema que dedicó a su hija:

“Nunca te diré adiós. Yo no podría
Viéndote, dulce hazaña del rocío
Inscrita en la belleza de las cosas.
Despedirme, en la muerte, de mi misma
Y tú, que ya me llevas en tus ojos,
Que me protagonizas ya en tu sangre
Y me alzas en el tallo de tus huesos,
no pienses en mi mano destruida
Búscame aquí, que nunca estaré muerta.
Aquí me encontrarás, donde buscamos
Los signos, las palabras
Que se le caen a Dios entre la hierba”.

Este es nuestro pasado, el arte y el patrimonio de Hidalgo, esto es lo que conmemoramos el 16 de enero, esto es lo que no podemos ni olvidar, ni pasar por alto, porque nos apartamos de la herencia, renunciamos a la dinastía y nos exentamos de la estirpe.

Somos lo que hoy, porque hemos tenido pasado, y aspiramos al mañana, porque siendo hoy, nos sabemos grande ayer.


Este artículo se puede leer también en El Sol de Hidalgo, en la siguiente liga:
http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n1926534.htm
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