15 de marzo de 2010

Pachuca, estampas del siglo XX

Reproduzco a continuación tres de las misivas que componen Mi Pachuca 70 cartas a la bella airosa. Empiezo con la de Adalberto Cravioto Meneses.

Pachuca la bella airosa,
gentil de mi corazón,
tú guardas en tus entrañas,
tesoros de gran valor,
dando al México hermoso
mucha plata y esplendor…

Hoy, a principios del siglo XXI, con recuerdos que a mi alma llegan, te saludo Pachuca con esta canción, que en los albores del siglo XX llevara el profesor de música Herrera Moro a la casa de mis abuelos, una vecindad en Arista 17, que ya no existe.

Allí había un piano que el maestro nos enseñaba a tocar (a la tía Concha, hermana de mi padre el coronel Alberto Cravioto Galindo, a mi hermana Rafaela y a mí), al tiempo que nos preparaba para hacer una representación teatral de La Tempestad.

En 1921 mi padre era diputado local y, junto con Javier Rojo Gómez y otros legisladores, llegaban a nuestra casa para hacer la tertulia, bebiendo cerveza XX y cognac Martell, y cantando Soy un golfo, Flor de te, El adiós del soldado, O Sole Mío….. Eran los años veinte y yo tendría entonces ocho o nueve años de edad.

¡Cómo recuerdo que con unos carpinteros que tenían su negocio en la misma calle de Arista conocí el radio de galena, a través del cual disfrutaba la transmisión de las peleas de Jack Dempsey, campeón mundial de box, y de algunos partidos de béisbol! Con igual intensidad recuerdo las funciones del circo de Francisco Beas (un empresario inglés que por deseo expreso está sepultado en Real del Monte), que se instalaba en los terrenos que ahora ocupan tu Palacio de Gobierno, tu Cámara de Diputados y la estatua de Benito Juárez, y que entonces eran patios de tu estación del ferrocarril México-Pachuca. Como vivíamos justamente enfrente, en Belisario Domínguez No. 5, en esos mismos patios acostumbraba jugar con mis hermanos y compañeros de escuela, entre los que se encontraba Jesús Martín del Campo, hijo del jefe de la estación.

En esos años de mi infancia no tenías agua potable ni luz eléctrica, pero sí tu reloj de maquinaria big ben, importado de Londres, que con sus cuatro carátulas miraba a los cuatro puntos cardinales. Reloj que daba y sigue dando las horas, las medias y los cuartos con sonoras campanadas, al ritmo de las cuales nosotros, estudiantillos, coreábamos: “Pobre doctor, ya se murió. Siendo doctor, no se curó”. Reloj que te identifica como la Torre Eiffel identifica a Paris, alrededor del cual las familias se reunían para escuchar las serenatas que ofrecía la banda del Estado todos los jueves y domingos.

En medio de esta paz provinciana a veces había sobresaltos. Recordarás aquella balacera que en 1924 causó conmoción en el barrio de San Francisco, cuando los rebeldes de Marcial Cavazos, que apoyaban la candidatura presidencial de don Adolfo de la Huerta, dinamitaron la iglesia. Por suerte, los hombres del general Antonio Azuara (hermano del gobernador), atrincherados en las torres de la propia iglesia de San Francisco, lograron salvarla.

Yo nunca la he olvidado porque en cuanto las balas cesaron mi hermano el güero y yo, enviados por nuestros padres, cruzamos agazapados el jardín de San Francisco, entre la gran cantidad de cadáveres que habían quedado del lado de los rebeldes, para ir a ver cómo estaban nuestras tres tías, hermanas de nuestra madre, que vivían a escasa distancia de la iglesia. Logramos cumplir con el encargo y, afortunadamente, ni a las tías ni a nosotros nos alcanzaron las balas.

Como muchos otros niños del Estado, yo vine de Zempoala a estudiar en tus escuelas. Primero en la escuela Melchor Ocampo del profesor Francisco Noble, un revolucionario maderista, ubicada en la calle de Hidalgo, y más tarde en la escuela particular Benito Juárez, del profesor Teodomiro Manzano Campero, ubicada en tu calle Matamoros. Enfrente de ésta vivían Esperanza Cravioto Plata y su hermano Salvador, con quienes platicaba a través de su reja ventana al salir de clases.

El profesor Manzano, autor del Atlas geográfico del estado Hidalgo, y de muchas obras más, tuvo como colaboradoras a sus hijas, Aurora y Lucha, a la profesora Otilia (de quien yo fui consentido), y a dos varones cuyos nombres no recuerdo. Con gran conocimiento y la pedagogía de la época (que por supuesto incluía reglazos en las asentaderas), el profesor y su equipo fueron los mentores de muchos de tus hijos.

En esos años recorría tus calles el tren eléctrico con cable. Un vagoncito de 10 o 12 lugares que salía de Loreto, continuaba por tu calle de Guerrero, llegaba a tu plaza de las estaciones de los ferrocarriles central y mexicano, regresaba por la Juárez, Xicoténcatl, a San Francisco, y entrando a la Avenida Hidalgo volvía a su origen.

Había pocos autos, la mayoría fordcitos de pedales, pero en mi casa teníamos un Overland. Recuerdo tus calles, al Noreste, a la altura de la gasolinera había una pensión de automóviles por las calles de Xicoténcatl y Matamoros, donde habitaban familiares del ingeniero García Bravo y del gobernador Amado Azuara. Al final de la calle se llegaba al manantial donde se vendían aguas frescas y los siempre recordados auténticos pastes de 10 centavos, que los funcionarios mineros ingleses llevaron a tus minas. Frente al manantial estaba la botica del señor Homero Rubio, hermano del doctor Horacio Rubio, miembros de familias muy estimadas de esas época. Siguiendo por la calle de Allende se llegaba a tu Plaza de la Constitución, pasando por el Hotel de los Baños, su cantina frecuentada por los políticos de la época, el Teatro Bartolomé de Medina, y más adelante el café Asia de don Fernando Chon. En los tanques de agua de San Juan Pachuca aprendí a nadar, y en las mismas aguas que los mineros utilizaban en tus minas para no sé que trabajos continué practicando este deporte durante mis años de estudiante.

En 1926, ya un joven adolescente, ingresé al Instituto Científico y Literario, uno de tus mayores orgullos, para realizar el Bachillerato de Ciencias Médicas. Quién no recuerda a esa pléyade de catedráticos de la talla del licenciado César Becerra Archer que nos enseñaba a conocer el mundo, es decir la Geografía; al maestro de Zoología y Botánica, Ricardo García Isunza; a los ingenieros mineros Miramontes y Villaseñor, que daban Matemáticas, así como a Agustín Torres Cravioto, con su cátedra de Lógica. Junto a ellos también recuerdo al profesor Torielo, quien en lugar de enseñarnos gimnasia nos hacía acarrear materiales de construcción para tu Escuela de Artes y oficios de Pachuca.

Famosos fueron los festejos del Día del Estudiante que se organizaban en el Instituto cada año y, finalmente, la entrega de las constancias de terminación que el gobernador del Estado entregaba personalmente en tu teatro Bartolomé de Medina, con solemnidad y orgullo.

Después de haber obtenido mi constancia de bachiller, deambulé por tus calles durante seis meses. Por haber peleado con el secretario de Gobierno había perdido la oportunidad de obtener una pensión para continuar estudiando. En un día caluroso entré a la Casa de Gobierno, más para descansar y aliviar el calor que para cualquier otro propósito, pero ya estando allí me anoté para ver al gobernador Bartolomé Vargas Lugo, quien para mi sorpresa me recibió.

“Vengo a hablar con usted porque terminé la preparatoria y me quiero ir a México a estudiar Medicina. Mi familia está escasa de recursos. A mi padre el coronel le acabaron el rancho y está amenazado por la política. O me ayudan o me voy a la mina a trabajar de barretero”, le dije. Treinta pesos mensuales de pensión me otorgó el gobernador. Con los primeros 30 pesos y otros 75 que me dieron mis tías, partí a la capital a estudiar Medicina en la Escuela de la Universidad Nacional Autónoma de México, entonces ubicada en la Plaza de Santo Domingo.

Como ya contabas con una carretera que te comunicara con el Distrito Federal, en 1932 me alejé de ti en autobús de la Flecha Roja.

Durante más de treinta años anduve por diferentes sitios y sólo te visité de vez en cuando, pero en 1964 regresé para tener el honor de servirte como presidente municipal.

¡Habías crecido tanto en esos años en que estuve lejos! Ahora a tus puertas, dabas la bienvenida con un enorme señalamiento que informaba: “Pachuca, 64 mil habitantes”.
Por supuesto que ya tenías agua potable, no como en los tiempos de mi infancia cuando te abastecías de la presa de La Estanzuela y de algunas cuantas vías de agua de mina y, como consecuencia, la tifoidea y la disentería eran prácticamente endémicas.

Aunque también tenías iluminación, ésta aún no estaba a la altura de tus necesidades. Fue por eso que uno de los proyectos que emprendí fue cambiar tus lámparas de focos por la entonces moderna luz mercurial. Recuerdo la emotiva inauguración de tu nuevo sistema de alumbrado. Fue en tu Avenida Juárez, a la hora del crepúsculo, cuando el gobernador Carlos Ramírez Guerrero levantó el switch. Las lámparas se fueron encendiendo poco a poquito hasta llegar a su esplendor.
Otro hecho que recuerdo con gran emoción fue la rehabilitación de una calle que, a pesar de ser céntrica, era insalubre y constituía un foco de infección. Seguro tú también la recuerdas, estaba ubicada al sur de tu mercado de Barreteros, perpendicular a tu calle de Guerrero.

Como el municipio no tenía recursos para arreglarla, busqué a don Manuel Espinosa Iglesias, quien tenía un patronato para obras sociales. Le presenté el proyecto de rehabilitación y él me ofreció una tonelada de cemento. Recuerdo que cerré mi carpeta y dije: “Muchas gracias, pero con eso no me alcanza".

Seguramente eso llamó la atención de don Manuel, pues poco después envió a al director del patronato, acompañado por otra persona, a verificar el estado de la calle y determinar lo que se necesitaba para arreglarla. Finalmente, la fundación aportó los materiales y el municipio, la mano de obra. Bautizamos la calle con el nombre "Genaro Guzmán Mayer", como un homenaje a ese poeta hidalguense.

En esa época también elaboramos el primer plano regulador de la ciudad (a cargo del ingeniero Valadez) y realizamos obras de drenaje y pavimentación en tu barrio El Arbolito. No fue sencillo, hubo que realizar muchas reuniones con tus hijos que habitaban en esa zona, pero al final las obras se realizaron con tanto éxito que los habitantes del barrio me otorgaron un diploma, que aún conservo.

Porque la muerte es parte de la vida, también realizamos obras en tu panteón de San Bartolo, el cual fue originalmente construido por un sobrino de Porfirio Díaz.
El panteón tenía un gran depósito y un subsistema de acumulación de agua, ambos abandonados y en desuso. Conseguí maquinaria para desazolvar y, con el apoyo del ejército, logramos que tus hijos dispusieran de agua para mantener en buen estado las tumbas de sus muertos.

Un día pensé, “¿por qué si en tantas ciudades existe una rotonda de los hombres ilustres en Pachuca no?”. Y me di a la tarea de construirla. La dejé terminada, aunque los homenajeados irían llegando poco a poco en las siguientes administraciones. El primero de tus hijos que encontró eterno reposo en la rotonda de los hidalguenses ilustres fue el general Felipe Ángeles, aún durante la gestión del gobernador Ramírez Guerrero.

Pachuca de Soto, en tu 140 Aniversario como capital del Estado de Hidalgo, recibe en esta carta el saludo y agradecimiento de un hidalguense que nació en la calle de Hidalgo, el 19 de enero de 1913, y a quien su padre, militar de carrera y militante del maderismo, presentó ante el Registro Civil, del que fue director don Domingo de G. Ramírez, el 24 de febrero de 1916, tras su liberación de la cárcel de Santiago Tlatelolco, en México, D.F., donde estuvo preso a raíz del cuartelazo de Victoriano Huerta.

1 comentario:

  1. HOLA MONI,,,, GRACIAS POR APORTAR CADA DÌA MAS DATOS DE LA FAMILIA....ES MUY INTERESANTE!

    ES ESPECIAL EL TIEMPO QUE TE TOMAS AL REALIZAR ESTE TRABAJO PARA LA FAMILIA,,, DE ESTA FORMA NOS CONOCEMOS MAS Y AUNQUE NO NOS VEMOS SEGUIDO FISICAMENTE, ESTAMOS EN CONTACTO... ARELI CRAVIOTO

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