Mostrando las entradas con la etiqueta Adalberto Cravioto Meneses. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Adalberto Cravioto Meneses. Mostrar todas las entradas

15 de noviembre de 2010

Médicos del Centenario IV: Adalberto Cravioto Meneses, 1913-2010

El siguiente artículo fue escrito por el licenciado Jorge Cravioto Galindo.

El jueves 28 de enero [de 2010] dejó de existir el doctor Adalberto Cravioto Meneses a la edad de 97 años. Una vida plena que se inició en la Ciudad de Pachuca el 19 de enero de 1913 y concluyó en la capital del país.



Don Adalberto cursó la educación básica en el Instituto Científico y Literario de su ciudad natal, para luego partir hacia el Distrito Federal con una beca del Gobierno del Estado que le permitió convertirse en médico cirujano por la Universidad Nacional.

El doctor Cravioto era un hombre inquieto y un luchador incansable, siempre en búsqueda de retos mayores y nuevas fronteras que vencer. Marchó al Norte y se estableció en la región lagunera, donde encontró su vocación de servicio. Ahí, como médico rural tuvo la oportunidad de apoyar a las comunidades marginales de la zona, con un gran sentido humano y una absoluta filantropía.



En Torreón construyó no sólo un prestigio personal, sino que puso los cimientos para desarrollar una familia.

Sus capacidades fueron más allá del estado de Coahuila y pronto recibió una invitación del presidente Ruiz Cortines, para incorporarse a las tareas nacionales de la salud pública, teniendo la oportunidad de apoyar en todo el territorio mexicano a sus queridas comunidades.

Pero nunca olvidó Pachuca, su casa en Zempoala, sus muertos descansando en Téllez y a la parte de su familia que había quedado por estos rumbos de la geografía nacional.

Su ilusión de regresar se cumplió, no sólo para tener encuentros y recuerdos, sino para servir como presidente municipal, como representante ante el Congreso de la Unión y finalmente como jefe de los Servicios de Salud Pública.



Don Adalberto incursionó en la política hidalguense no para enriquecerse, no para disputar el poder político y menos para restaurar un viejo cacicazgo del siglo XIX. No, el doctor Cravioto Meneses regresó para servir, para coadyuvar en la atención de las graves necesidades que tienen parte de los pobladores del estado, con la visión de organizar a las comunidades rurales, para que independientemente de las políticas públicas, tuvieran la capacidad de autogestión que les permitiera resolver sus problemas más urgentes.



Beto o Tere como familiares y amigos le decían cariñosamente, no es sólo una biografía más, ya que fue protagonista de un siglo de enormes transformaciones. En 97 años pudo presenciar el cambio del México revolucionario a la construcción de instituciones y la modernización nacional. Vivió los avances tecnológicos: del caballo a los transbordadores espaciales, del telégrafo al ipod, de la pluma y el papel a la computadora.

Fue también testigo de las enormes transformaciones mundiales: la revolución rusa, dos guerras mundiales, la guerra fría, la caída de las ideologías, el neoliberalismo, la llegada a la Luna y un largo etcétera.

Para quienes lo acompañamos en vida y tuvimos la oportunidad de apoyarlo hasta sus últimos minutos, su partida es motivo de tristeza, pero también motivo de satisfacción al reconocer en él a un triunfador, a un hombre bueno que se va sin pendientes porque aprovechó cada instante de su vida para dar y construir. Su herencia es el ejemplo de vida que deja, para quienes continuamos tratando de aportar a la edificación de una realidad más amable.

Se fue satisfecho y con la frente en alto. Cumplió como servidor público, como político, como esposo, como padre y como hombre nacido en “la ciudad de las calles quebradas y los hombres rectos”.

¡Hasta pronto papá!


Adalberto Cravioto Meneses fue hijo del coronel Alberto Cravioto Galindo y la señora Zeferina Meneses León; nieto de Adalberto Cravioto González y Concepción Galindo; y bisnieto del general Rafael Cravioto y la señora Rafaela González.

5 de marzo de 2010

“Pachuca, estampas del siglo XX", carta de Adalberto Cravioto

En sus últimos meses de vida, Adalberto Cravioto Meneses (1913-2010) dedicó muchas horas a escribir un texto para el libro Mi Pachuca / 70 Cartas a la Bella Airosa, donde evoca dos momentos de la ciudad y de su propia historia: su niñez a principios del siglo XX y la ciudad de 64,000 habitantes en que Pachuca se había convertido hacia 1964. Más que un texto narrativo se trata, como su nombre lo indica, de las estampas o imágenes que prevalecían en su mente a los 97 años de edad. No alcanzó a ver el libro, pues éste se publicó un mes después de su fallecimiento.


Pachuca, estampas del siglo XX

Adalberto Cravioto Meneses


Pachuca la bella airosa
gentil de mi corazón
tú guardas en tus entrañas
tesoros de gran valor
dando al México hermoso
mucha plata y esplendor


Hoy, a principios del siglo XXI, con recuerdos que a mi alma llegan, te saludo Pachuca con esta canción, que en los albores del siglo XX llevara el profesor de música Herrera Moro a la casa de mis abuelos, una vecindad en Arista 17, que ya no existe. Allí había un piano que el maestro nos enseñaba a tocar (a la tía Concha, hermana de mi padre el coronel Alberto Cravioto Galindo, a mi hermana Rafaela y a mí), al tiempo que nos preparaba para hacer una representación teatral de La Tempestad.

En 1921 mi padre era diputado local y, junto con Javier Rojo Gómez y otros legisladores, llegaban a nuestra casa para hacer la tertulia, bebiendo cerveza XX y coñac Martell, y cantando Soy un golfo, Flor de té, El adiós del soldado, O Sole Mío… Eran los años veinte y yo tendría entonces ocho o nueve años de edad.

¡Cómo recuerdo que con unos carpinteros que tenían su negocio en la misma calle de Arista conocí el radio de galena, a través del cual disfrutaba la transmisión de las peleas de Jack Dempsey, campeón mundial de box, y de algunos partidos de béisbol! Con igual intensidad recuerdo las funciones del circo de Francisco Beas (un empresario inglés que por deseo expreso está sepultado en Real del Monte), que se instalaba en los terrenos que ahora ocupan tu Palacio de Gobierno, tu Cámara de Diputados y la estatua de Benito Juárez, y que entonces eran patios de tu estación del ferrocarril México-Pachuca. Como vivíamos justamente enfrente, en Belisario Domínguez No. 5, en esos mismos patios acostumbraba jugar con mis hermanos y compañeros de escuela, entre los que se encontraba Jesús Martín del Campo, hijo del jefe de la estación.

En esos años de mi infancia no tenías agua potable ni luz eléctrica, pero sí tu reloj de maquinaria big ben, importado de Londres, que con sus cuatro carátulas miraba a los cuatro puntos cardinales. Reloj que daba y sigue dando las horas, las medias y los cuartos con sonoras campanadas, al ritmo de las cuales nosotros, estudiantillos, coreábamos: “Pobre doctor, ya se murió. Siendo doctor, no se curó”. Reloj que te identifica como la Torre Eiffel identifica a Paris, alrededor del cual las familias se reunían para escuchar las serenatas que ofrecía la banda del Estado todos los jueves y domingos.

En medio de esta paz provinciana a veces había sobresaltos. Recordarás aquella balacera que en 1924 causó conmoción en el barrio de San Francisco, cuando los rebeldes de Marcial Cavazos, que apoyaban la candidatura presidencial de don Adolfo de la Huerta, dinamitaron la iglesia. Por suerte, los hombres del general Antonio Azuara (hermano del gobernador), atrincherados en las torres de la propia iglesia de San Francisco, lograron salvarla. Yo nunca la he olvidado porque en cuanto las balas cesaron, mi hermano el güero y yo, enviados por nuestros padres, cruzamos agazapados el jardín de San Francisco, entre la gran cantidad de cadáveres que habían quedado del lado de los rebeldes, para ir a ver cómo estaban nuestras tres tías, hermanas de nuestra madre, que vivían a escasa distancia de la iglesia. Logramos cumplir con el encargo y, afortunadamente, ni a las tías ni a nosotros nos alcanzaron las balas.

Como muchos otros niños del Estado, yo vine de Zempoala a estudiar en tus escuelas. Primero en la escuela Melchor Ocampo del profesor Francisco Noble, un revolucionario maderista, ubicada en la calle de Hidalgo, y más tarde en la escuela particular Benito Juárez, del profesor Teodomiro Manzano Campero, ubicada en tu calle Matamoros. Enfrente de ésta vivían Esperanza Cravioto Plata y su hermano Salvador, con quienes platicaba a través de su reja ventana al salir de clases.

El profesor Manzano, autor del Atlas geográfico del estado Hidalgo, y de muchas obras más, tuvo como colaboradoras a sus hijas, Aurora y Lucha, a la profesora Otilia y a dos varones cuyos nombres no recuerdo. Con gran conocimiento y la pedagogía de la época (que por supuesto incluía reglazos en las asentaderas), el profesor y su equipo fueron los mentores de muchos de tus hijos.

En esos años recorría tus calles el tren eléctrico con cable. Un vagoncito de 10 o 12 lugares que salía de Loreto, continuaba por tu calle de Guerrero, llegaba a tu plaza de las estaciones de los ferrocarriles central y mexicano, regresaba por la Juárez, Xicoténcatl, a San Francisco, y entrando a la Avenida Hidalgo volvía a su origen.

Había pocos autos, la mayoría fordcitos de pedales, pero en mi casa teníamos un Overland. Recuerdo tus calles, al Noreste, a la altura de la gasolinera había una pensión de automóviles por las calles de Xicoténcatl y Matamoros, donde habitaban familiares del ingeniero García Bravo y del gobernador Amado Azuara. Al final de la calle se llegaba al manantial donde se vendían aguas frescas y los siempre recordados auténticos pastes de 10 centavos, que los funcionarios mineros ingleses llevaron a tus minas. Frente al manantial estaba la botica del señor Homero Rubio, hermano del doctor Horacio Rubio, miembros de familias muy estimadas de esas época. Siguiendo por la calle de Allende se llegaba a tu Plaza de la Constitución, pasando por el Hotel de los Baños, su cantina frecuentada por los políticos de la época, el Teatro Bartolomé de Medina, y más adelante el café Asia de don Fernando Chon.

En los tanques de agua de San Juan Pachuca aprendí a nadar, y en las mismas aguas que los mineros utilizaban en tus minas para no sé que trabajos continué practicando este deporte durante mis años de estudiante. En 1926, ya un joven adolescente, ingresé al Instituto Científico y Literario, uno de tus mayores orgullos, para realizar el Bachillerato de Ciencias Médicas. Quién no recuerda a esa pléyade de catedráticos de la talla del licenciado César Becerra Archer que nos enseñaba a conocer el mundo, es decir la Geografía; al maestro de Zoología y Botánica, Ricardo García Isunza; a los ingenieros mineros Miramontes y Villaseñor, que daban Matemáticas, así como a Agustín Torres Cravioto, con su cátedra de Lógica. Junto a ellos también recuerdo al profesor Torielo, quien en lugar de enseñarnos gimnasia nos hacía acarrear materiales de construcción para tu Escuela de Artes y oficios de Pachuca.

Famosos fueron los festejos del Día del Estudiante que se organizaban en el Instituto cada año y, finalmente, la entrega de las constancias de terminación que el gobernador del Estado entregaba personalmente en tu teatro Bartolomé de Medina, con solemnidad y orgullo. 

Después de haber obtenido mi constancia de bachiller, deambulé por tus calles durante seis meses. Por haber peleado con el secretario de Gobierno había perdido la oportunidad de obtener una pensión para continuar estudiando. En un día caluroso entré a la Casa de Gobierno, más para descansar y aliviar el calor que para cualquier otro propósito, pero ya estando allí me anoté para ver al gobernador Bartolomé Vargas Lugo, quien para mi sorpresa me recibió. “Vengo a hablar con usted porque terminé la preparatoria y me quiero ir a México a estudiar Medicina. Mi familia está escasa de recursos. A mi padre el coronel le acabaron el rancho y está amenazado por la política. O me ayudan o me voy a la mina a trabajar de barretero”, le dije. Treinta pesos mensuales de pensión me otorgó el gobernador. Con los primeros 30 pesos y otros 75 que me dieron mis tías, partí a la capital a estudiar Medicina en la Escuela de la Universidad Nacional Autónoma de México, entonces ubicada en la Plaza de Santo Domingo.

Como ya contabas con una carretera que te comunicara con el Distrito Federal, en 1932 me alejé de ti en autobús de la Flecha Roja. Durante más de treinta años anduve por diferentes sitios, pero en 1964 regresé para tener el honor de servirte como presidente municipal.

¡Habías crecido tanto en esos años en que estuve lejos! Ahora, a tus puertas dabas la bienvenida con un enorme señalamiento que informaba: “Pachuca, 64,000 habitantes”. Por supuesto que ya tenías agua potable, no como en los tiempos de mi infancia cuando te abastecías de la presa de La Estanzuela y de algunas cuantas vías de agua de mina y, como consecuencia, la tifoidea y la disentería eran prácticamente endémicas.

Aunque también tenías iluminación, ésta aún no estaba a la altura de tus necesidades. Fue por eso que uno de los proyectos que emprendí fue cambiar tus lámparas de focos por la entonces moderna luz mercurial. Recuerdo la emotiva inauguración de tu nuevo sistema de alumbrado. Fue en tu Avenida Juárez, a la hora del crepúsculo, cuando el gobernador Carlos Ramírez Guerrero levantó el switch. Las lámparas se fueron encendiendo poco a poquito hasta llegar a su esplendor.

Otro hecho que recuerdo con gran emoción fue la rehabilitación de una calle que, a pesar de ser céntrica, era insalubre y constituía un foco de infección. Seguro tú también la recuerdas, estaba ubicada al sur de tu mercado de Barreteros, perpendicular a tu calle de Guerrero. Como el municipio no tenía recursos para arreglarla, busqué a don Manuel Espinosa Iglesias, quien tenía un patronato para obras sociales. Le presenté el proyecto de rehabilitación y él me ofreció una tonelada de cemento. Recuerdo que cerré mi carpeta y dije: “Muchas gracias, pero con eso no me alcanza". Seguramente eso llamó la atención de don Manuel, pues poco después envió a al director del patronato, acompañado por otra persona, a verificar el estado de la calle y determinar lo que se necesitaba para arreglarla. Finalmente, la fundación aportó los materiales y el municipio, la mano de obra. Bautizamos la calle con el nombre "Genaro Guzmán Mayer", como un homenaje a ese poeta hidalguense.

En esa época también elaboramos el primer plano regulador de la ciudad (a cargo del ingeniero Valadez) y realizamos obras de drenaje y pavimentación en tu barrio El Arbolito. No fue sencillo, hubo que realizar muchas reuniones con tus hijos que habitaban en esa zona, pero al final las obras se realizaron con tanto éxito que los habitantes del barrio me otorgaron un diploma, que aún conservo.

Porque la muerte es parte de la vida, también realizamos obras en tu panteón de San Bartolo, el cual fue originalmente construido por un sobrino de Porfirio Díaz. El panteón tenía un gran depósito y un subsistema de acumulación de agua, ambos abandonados y en desuso. Conseguí maquinaria para desazolvar y, con el apoyo del ejército, logramos que tus hijos dispusieran de agua para mantener en buen estado las tumbas de sus muertos. Un día pensé, “¿por qué si en tantas ciudades existe una rotonda de los hombres ilustres en Pachuca no?”. Y me di a la tarea de construirla. La dejé terminada, aunque los homenajeados irían llegando poco a poco en las siguientes administraciones. El primero de tus hijos que encontró eterno reposo en la rotonda de los hidalguenses ilustres fue el general Felipe Ángeles, aún durante la gestión del gobernador Ramírez Guerrero.

Pachuca de Soto, en tu 140 Aniversario como capital del Estado de Hidalgo, recibe en esta carta el saludo y agradecimiento de un hidalguense que nació en la calle de Hidalgo, el 19 de enero de 1913, y a quien su padre, militar de carrera y militante del maderismo, presentó ante el Registro Civil, del que fue director don Domingo de G. Ramírez, el 24 de febrero de 1916, tras su liberación de la cárcel de Santiago Tlatelolco, en México, D.F., donde estuvo preso a raíz del cuartelazo de Victoriano Huerta.

30 de enero de 2010

Dr. Adalberto Cravioto Meneses

Pachuca, Hidalgo, 19 de enero de 1913
Coyoacán, D.F., 28 de enero de 2010




Es para mí muy doloroso escribir que mi padre ha muerto.

Falleció el pasado jueves 28 de enero, a las cinco de la tarde, en su casa, días después de haber cumplido 97 años de edad.

No fue un final sencillo. Luchó contra la muerte con el mismo ímpetu con el que peleó todas las batallas de su vida. Hasta el último momento conservó la inteligencia y la lucidez que lo caracterizaron a lo largo de su existencia. Y morir con consciencia requiere mucha templanza y mucha valentía.

A principios de enero estuvo internado para una transfusión. Durante la primera de las dos noches que pasó en el Instituto Nacional de Nutrición, cuenta mi madre que mi padre escuchaba reiteradamente ese vals titulado Dios nunca muere. Sólo él lo escuchaba; la música estaba en su cabeza y en ninguna otra parte.

Por eso, ayer, momentos antes de que su cuerpo fuera conducido al crematorio, aún en la capilla, como despedida, quienes lo acompañábamos entonamos esa canción que lo seguía en los últimos días y de la cual reproduzco a continuación la letra:


Muere el sol en los montes
Con la luz que agoniza
Pues la vida en su prisa
Nos conduce a morir

Pero no importa saber
Que voy a tener el mismo final
Porque me queda el consuelo
Que Dios nunca morirá

Voy a dejar las cosas que amé
La tierra ideal que me vió nacer
Sé que después habré de gozar
La dicha y la paz
Que en Dios hallaré

Sé que la vida empieza
En donde se piensa
Que la realidad termina

Sé que Dios nunca muere
Y que se conmueve
Del que busca su beatitud

Sé que una nueva luz
Habrá de alcanzar nuestra soledad
Y que todo aquel que llega a morir
Empieza a vivir una eternidad

Muere el sol en los montes
Con la luz que agoniza
Pues la vida en su prisa
Nos conduce a morir



Descansa en paz, papá


La familia Cravioto Galindo agradece

Al Consejo Directivo de la Asociación de Colonos del Pedregal de San Francisco, A.C.


(El Universal, 30 de enero de 2010)


Al Partido Revolucionario Institucional, Sectores y Organizaciones, representado por la licenciada Edna Geraldina García Gordillo, presidenta del Comité Directivo Estatal de Hidalgo.


(El Sol de Hidalgo, 30 de enero de 2010)



Al licenciado José Francisco Olvera Ruiz, presidente municipal de Pachuca de Soto, y su esposa, la señora María Guadalupe Romero de Olvera.


(El Sol de Hidalgo, 30 de enero de 2010)



Al H. Ayuntamiento de Pachuca de Soto, Hidalgo.


(El Sol de Hidalgo, 30 de enero de 2010)



Al periodista Miguel Ángel Granados Chapa quien, en su columna del 2 de febrero de 2010, dedica las siguientes líneas a nuestro padre:

"Cuando apenas una semana atrás había cumplido 97 años, murió el doctor Adalberto Cravioto Meneses, nacido en Pachuca el 19 de enero de 1913, según leo en el Diccionario biográfico hidalguense de Abraham Pérez López. Tras cursar la secundaria en el Instituto Científico y Literario del estado, marchó a la Universidad Nacional donde se graduó de médico cirujano en 1938. Aparte el ejercicio de su profesión, de preferencia en instituciones de medicina social, fue presidente municipal de su ciudad natal, de 1964 a 1967 y enseguida diputado federal. Fue miembro de una extensa familia de ascendencia italiana, llegada en el siglo XIX a Pachuca desde Huauchinango, y a la que pertenecieron cuatro gobernadores (uno de ellos, Rafael, lo fue varias veces) así como alcaldes, diputados y miembros del Senado de la República."

A los Craviotto de España, especialmente a Nicolás, Daniel, Patricia, Francisco, Joan y Andreu.

Y a todos los familiares y amigos que han estado con nosotros y nos han acompañado en nuestro duelo.

Mis viejos se han ido...

Agradezco a mi primo Jorge Arié Cravioto el poema que publica en su blog "Ecos de la distancia", el cual quiero compartir con la familia Cravioto.

HOY COMO UN HOMENAJE AL FALLECIMIENTO DE MI TIO, EL DR. ADALBERTO CRAVIOTO MENESES, A LOS CASI 100 AÑOS DE EDAD, TRAIGO AL FRENTE DEL BLOG NUEVAMENTE ESTE POEMA QUE DEDICO A SU MEMORIA Y A MIS PRIMOS MONICA, JORGE, SU MAMÁ Y DEMÁS FAMILIA

DESEANDO QUE LA RESIGNACION LLEGUE PRONTO A SU SER

DESCANSA EN PAZ MI QUERIDO TIO ADALBERTO






MIS VIEJOS SE HAN IDO...

Jorge Arié Cravioto

Todo acaba... todo se va...
mis viejos se han ido...
¿Qué será de ellos?...
nunca más en mi camino
aligerarán la carga...
... ya no están conmigo...

Dicen los orientales que
muy feliz es su destino...
que no es bueno llorarlos...
el alma... soplo divino...
libre del cuerpo va eterna
en feliz camino...

¡De donde vino va!...
los seres queridos
van con ellos vibrando
en el mismo tono fino
sin cuerpos prisioneros
ni mundos alucinos...

¡Ay cuerpos astrales!...
mis viejos se han ido
en su inicial forma...
¡No hay muerte todo está vivo!...
sólo que acá...
... ya no están conmigo...

Sin sus rezos... sin su amor...
es triste andar el camino...
¿Cómo no llorar?...
¡Oh sabios del destino!...
si al llorar con alegría
su alma encamino...

Sin un amor... sin ellos...
¿Qué mundo en mi mente miro?...
¿Qué es lo verdadero
oh sabios del camino?
¿Cómo no llorar?
... la luz... que ya no miro...

Perenne... morir... vivir...
cambiar el cuerpo anodino...
mutación de frecuencia
con nuevo vestido...
pulso eterno de vida...
memoria sin sentido...

¿Dónde anduve... adónde van?...
velada conciencia sin hilo
aparente... sin recuerdo...
pensamiento vacío...
algún día... mente... abrirás
tus secretos vivos...

Quizás esté ya acá
reiniciando el camino
su alma inmortal en nuevo ser
en este mundo nacido
o en otro plano de evolución...
¡Oh reinos celestes del olvido!...

Acá... todo acaba...
mundo impío
de espacio y tiempo
con seres finitos...
tránsito informal de vida
en cuerpos previstos...

Todo acaba... todo acaba...
todo se va... como vino...
materia prestada
con aliento vivo...
¡Ay nuestras trágicas formas
del misterio divino!...

Todo acaba... todo se va...
queda solo el cuerpo interino...
¡Oh polvo de estrellas
que das pie a lo vivo!...
otra vez vivirás
como otro ser en camino...

Los viejos se van...
mis viejos se han ido...
la charla de sobremesa...
anécdotas... chascarrillos...
leyendas... historias de vida...
... hoy... transitan al olvido...

¿Qué será de las familias
sin las tertulias de los idos?...
poco a poco se sepulta
la tradición... lo genuino...
queda la dinastía joven
luces nuevas del destino...

¿Cuál es su historia
de dónde vino?...
¡Ay casa paterna
en el olvido!...
quedan los jóvenes...
los viejos se han ido...

Todo acaba... todo se va...
mis viejos se han ido...
¿Qué será de ellos?...
nunca más en mi camino
aligerarán la carga...
... ya no están conmigo...

¡Ay cuerpos astrales!...
mis viejos se han ido
en su inicial forma...
¡No hay muerte todo está vivo!...
sólo que acá...
... ya no están conmigo...

Sin un amor... sin ellos...
¿Qué mundo en mi mente miro?...
¿Qué es lo verdadero
oh sabios del camino?...
¿Cómo no llorar?
... la luz... que ya no miro...


El poema está originalmente publicado en "Ecos de la distancia" http://ecosdedistancia.blogspot.com/2010_01_30_archive.html

15 de junio de 2009

Primos y alcaldes Cravioto

El día de hoy, Raúl Arroyo publica en El Sol de Hidalgo, la nota que reproduzco a continuación.

Primos y alcaldes Cravioto

Por Raúl Arroyo

Pachuca, Hidalgo.- Originarios de Huauchinango, en la Sierra Norte de Puebla, llegaron a Pachuca para hacer triunfar la Revolución de Tuxtepec, encabezada por el general Porfirio Díaz. Desde aquel 1876, los militares Cravioto, Rafael, Francisco y Simón, se arraigaron en Hidalgo, estado cuyo gobierno detentaron al servicio de don Porfirio hasta que el propio Caudillo los desplazó en 1897. Reproducida en decenas de ramas, esta familia ha dado, desde entonces, diplomáticos, políticos, intelectuales, legisladores, artistas, jueces, científicos, militares, otro gobernador y dos presidentes municipales para Pachuca: Adalberto y Rafael Cravioto.



Adalberto Cravioto Meneses gobernó Pachuca de 1964 a 1966. Médico de profesión, nació aquí el 19 de enero de 1913, segundo hijo de Alberto Cravioto Galindo y Zeferina Meneses León. Fue alumno del profesor Teodomiro Manzano, en su escuela Benito Juárez, y luego del Instituto Científico y Literario, de donde egresó bachiller en 1928. Becado por el gobernador Bartolomé Vargas Lugo, obtuvo en la Universidad Nacional el título de médico en 1938. Diez años después contrajo matrimonio con la médica coahuilense María del Carmen Galindo Carrillo. Actualmente radica en la Ciudad de México. En el ejercicio profesional se desempeñó durante los siguientes veinte años en diversos cargos públicos, entre otros, director general de Servicios Coordinados de Salud Pública en la Secretaría de Salubridad y Asistencia. Por encargo del ISSSTE, organizó en Hidalgo los servicios médicos de esa dependencia.

Su activismo en las campañas presidenciales de Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán y Adolfo Ruiz Cortines, lo llevó a participar en el sector popular del Partido Revolucionario Institucional, vinculado políticamente al general Alfonso Corona del Rosal. Ese instituto lo postuló para ser presidente municipal y diputado a la 44 legislatura del Congreso de la Unión, de 1967 a 1970.

De la administración municipal que presidió, se recuerda la introducción del alumbrado de mercurio, la construcción del drenaje y pavimentación en el barrio de El Arbolito, el inicio del boulevard Genaro Guzmán Mayer y la edificación de la Rotonda de los Hidalguenses Ilustres en el panteón de San Bartolo, para las celebraciones del centenario del estado.


Rafael Cravioto Muñoz nació en Pachuca el 31 de diciembre de 1915 y presidió su ayuntamiento de 1970 a 1972. Fueron sus padres Rafael Cravioto Galindo y Carmen Muñoz Macías. Alumno del ICL, maestro rural y titulado profesor de educación primaria, fue docente la mayor parte de su vida en diversas instituciones. Muy joven participó en el sindicalismo magisterial; dirigió la Escuela Normal Benito Juárez y durante sus últimos lustros sirvió a la Universidad Autónoma del Estado en su Consejo Editorial. A su muerte, acaecida el 24 de diciembre de 2005, le precedió una fina obra poética y, en prosa, las Memorias de un adolescente.

Poco después de su fundación en 1949, y hasta 1975, dirigió El Sol de Hidalgo, entonces parte de la Cadena García Valseca. Grado 33 de la masonería, fue Gran Maestro de la Logia; también presidió el Club de Leones de Pachuca. Su añeja amistad con el gobernador Manuel Sánchez Vite lo introdujo en la actividad política. Militante del Partido Revolucionario Institucional, ocupó el cargo de presidente municipal y, posteriormente, una curul de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, en la 46 legislatura. Luego de ser considerado prospecto para gobernador, tras la desaparición de poderes en 1975, se retiró de toda actividad pública encerrado "a piedra y libros", en su vasta biblioteca. Hacia fines de los 80 se reincorporó a la vida universitaria para ocupar los cargos de Coordinador de Extensión y asesor de la Rectoría.

Dos matrimonios tuvo en su vida: uno con Magdalena Melo Santander, nacida en San Felipe Orizatlán; el definitivo con Ignacia Lima Valenzuela, pachuqueña, a quien sobrevivió algunos años. De su paso por el Ayuntamiento quedó la instalación de la Presidencia Municipal en el antiguo palacio de gobierno en la Plaza de la Constitución; la cubierta del Río de las Avenidas para hacer un pasaje peatonal entre las calles de Ocampo y Julián Villagrán; y la construcción del puente sobre el mismo río para unir las colonias Real de Minas y Periodistas.

Ambos primos, integrantes de la nómina de nuestros alcaldes, son descendencia del general Rafael Cravioto, su bisabuelo, gobernador de Hidalgo durante las primeras dos décadas del porfiriato.


La nota original puede consultarse en http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n1204130.htm

3 de noviembre de 2008

El profundo sentimiento de ser Cravioto



Adalberto Cravioto Meneses (Pachuca, 1913), ha sido durante más de 40 años un entusiasta organizador de las reuniones familiares. No pudo acompañarnos el pasado 25 de octubre, pero envía la siguiente "Epístola a Los Cravioto":

Siento no haber podido estar con ustedes por no habérmelo permitido mis casi 96 años de edad, pero para todos y cada uno van hoy mi saludo y mi admiración.

Hermosa e interesante resultó la reunión convocada el 25 de octubre de 2008, con motivo del aniversario del natalicio del general Rafael Cravioto.

Si Oswaldo Cravioto Cisneros, Arnulfo Cravioto Ortiz, Jorge Cravioto Navarrete, Carlos Cravioto Olaco y yo seguimos el ejemplo del licenciado Alfonso Cravioto Mejorada, hoy, más de 200 familiares renovaron con alegría y cariño el profundo sentimiento de ser Cravioto, agradecidos con sus antepasados.

(Fotografía: Carlos Kurczyn)

13 de febrero de 2007

Una reunión inesperada


Esta bitácora ha provocado reencuentros y reuniones familiares.

La fotografìa anexa documenta una reunión realizada el 5 de febrero pasado con mi primo Maurilio Cravioto Tellechea y su familia.

En orden de izquierda a derecha aparecen en la imagen: Jacob Cravioto Lomelín, Patricia Cravioto Galindo, Adalberto Cravioto Meneses y su esposa María del Carmen Galindo Carrillo, Maurilio Cravioto Tellechea (atrás de Adalberto) y su hijo Abraham Cravioto Lomelín (atrás de María del Carmen), Juanela Lomelín (esposa de Maurilio), Miriam Cravioto Lomelín, Deborah Cravioto Lomelín (la niña frente a Miriam) y Mónica Cravioto Galindo (la que escribe esta bitácora).