15 de marzo de 2010

Es sábado nuevamente

La siguiente es la misiva de Sergio Trevethan Cravioto.

Es sábado nuevamente:

Son las 7 de la mañana, he despertado. De hecho, desde las 5:30 de la mañana no se puede dormir bien en esta casa, porque se escucha el trajín de mi madre, que desde esa hora empieza a barrer su calle, esperar en el zaguán la leche que viene en burro, regar sus plantas, preparar el desayuno, prender el boiler, que tarda mucho porque es de leña; pero en cuanto abro los ojos, vuelvo a recordar.

Es sábado...me dejaran salir en bicicleta.

Mi bicicleta es nueva, me la regaló el tío Salvador por dos razones: la primera, porque era buen hombre y la segunda, porque las finanzas de mis viejos no estaban como para andar comprando bicicletas a los hijos; es pequeña, pero yo también, se encuentra en el cuartito de los trebejos en el fondo de la casa, esta ahí yo creo, porque mi madre decía: “¿Y dónde voy a poner tanta mugre?” Mi casa materna en la calle de Matamoros 403, a una cuadra del centro, justo enfrente de la escuela Manuel Altamirano y en contra esquina de la Escuela Benito Juárez, de don Teodomiro Manzano, fuente de mi educación primaria; al lado el callejón de la cerrada de Victoria, con su piso de tierra, en donde paso deliciosas aventuras, y juego al beis, trompo, balero, yoyo y canicas, con Leo, Mickey, los Noble y Manolo Coria y en ocasiones nos aventuramos a saltar la barda de adobe del fondo para poder caminar por la vereda que se encuentra al borde del lecho del río de las Avenidas, con nuestra resorteras y tal vez, con buena suerte para nosotros y mala para el infeliz animal, matar alguna inocente primavera.

Limpio mi bicicleta, pruebo mis frenos, mi timbre, coloco mi pancle sobre el pantalón a la altura de mi tobillo y me lanzo a la aventura por mis retorcidas calles. Esta vez no me detengo en el callejón, que éste es del diario y la bicicleta no.

Al pasar por la Fotografía Bustamante en la esquina con Mina, la güera-Lupe, prima del fotógrafo don David, ya está también barriendo su acera. Casi en la contraesquina de la fotografía, en el Monte Pío, aun los sábados, ese fino caballero, don Emilio Montaño, que es el gerente y no desaprovecha oportunidad ninguna para darle el paso a las damas, bajándose de la banqueta, descubriendo su cabeza.

Unos metros delante, en la escalinata del Casino Español, mi memoria va a la tarde anterior, en la que estuve con mi padre (como era costumbre), acompañándole a jugar su dominó, con Javier Manzano, Juventino Martínez, Jorge Quiroz, don Pedro Gil y José Manuel Díaz, el propietario (el gran Cagancho) y otros mas, mientras Ángel Díaz y yo jugábamos carambola en el billar del propio Casino, para después obligadamente ver en la televisión, en una imagen granulada, gris y borrosa al Santo, Blue-Demon, Cavernario, la Tonina Jackson y tantos más que hacían nuestro deleite.

En mi recorrido, enfrente de La Blanca, en la primera esquina del edificio Reforma, doña Juanita, esposa del señor Roldán, abría su dulcería a las ocho horas, y me deleitaba viendo a Tere, la mayor de las hijas. Al terminar la acera, podía saludar a los Aldana en su tienda en la otra esquina del edificio. A la derecha el restaurante Kikos repleto en los días domingos en su entrada, de jóvenes estudiantes que, como aparador, tapaban el verdadero aparador, que era todo de vidrio. A la izquierda el nuevo cine Reforma que había derrocado ya al viejo Iracheta y al Pineda, pero sólo por ser nuevo.

Cuando me toca en suerte escuchar las campanadas de mi viejo reloj, tengo necesariamente que recordar el poema de Guzmán Mayer: “Las horas del reloj cayeron en rebanada sobre el plato dominguero de Pachuca en serenata”. Y los escritos y descripciones arquitectónicas de Corrales y Ballesteros acerca de la belleza de este edificio. A la derecha la sombrerería Tardán. Me sigo por Zaragoza en donde aparece a mi vista la hermosa y antigua construcción de la casa de la tía Cata, hermana de mi abuelo Pompeyo, justo enfrente de donde vive el doctor Enrique Rojas Corona, para dar vuelta ahí en el mercado que está al fondo, al terminar las casas de los doctores Herráis, Aparicio, Cravioto y la familia Nieto Cañedo justo enfrente de la señora Raquel, esposa de don Pedro Azcacíbar, el de la ya para entonces extinta ferretería de las Palomas. Regreso al zócalo por la calle de Guerrero, para admirar la plazuela del puerto de Manzanillo, al lado del hermoso cine Iracheta y enfrente, la también hermosa casa de mi abuelo Pompeyo, parecida a la de la tía Cata. Bajo al zócalo nuevamente y al tomar por Doria, la casa Bejos en la esquina, con su impávido y eterno maniquí. Después la casa Iris de don Adolfo Díaz, con la magia de su papelería, lápices y cuadernos de todos los colores y a la que no se tenía acceso económico de manera frecuente. La joyería de Zarco, de gran renombre en la ciudad, la zapatería de Chabelo charlista, español extraordinario y en la cual tan sólo unos cuatro años después acudiríamos por lo menos una vez por año mi amigo Horacio Borbolla y yo a comprarnos zapatos, los de él GBH y los míos Emir, que costaban tres tantos menos y al llegar a Guerrero las deliciosas tortas de don Baldomero a la derecha y a la izquierda la Casa Blanca, peluquería de don Baudilio Teysier. Hace tan sólo 15 días me habían llevado con él y aún retumban en mis oídos y en mi ego la vergüenza, cuando les decía a sus ayudantes: “A este niño casquete corto, algo decente, porque es hijo del licenciado Trevethan”. Todos los demás clientes clavaban su mirada en mí, mientras yo me moría de pena.

Desde esa esquina, en La Brocha, de Valderrama, se iniciaba el caminito de gloria, cuna y hechura de los hombres grandes de Hidalgo. Unos cuantos años después quedarían grabados en mi memoria de manera imperecedera los nombres de los García Izunza, los Devereaux, los Zoebich, los Zapata, los Ramírez Guerrero y tantos más a quienes mi memoria ha traicionado. Este mágico Instituto donde se dejaba de ser niño o niña para convertirse uno en hombre o mujer.

Avanzando por Guerrero rumbo a la Luz Roja, enfrente los patios del ferrocarril. Me detengo un poco a mirar los comercios, don Romualdo y Paquita en la casa Tellería, que bien temprano se encontraban en la lucha cotidiana, incluyendo los sábados.

Esta zona la recorro rápido porque, para los que no lo saben, por su solo andar en vehículo de motor o a pie, es de bajada, desde Loreto hasta la Villa.

De pasada, El Nardo, el Elefante, la Colorada, la frutería de Beatricíta, y después la alcoholera del señor Hernández. En la contra esquina de la Luz Roja, en la planta alta de los portales, admiro la escuela de danza que dirigía el profesor García, atleta, gimnasta y bailarín excepcional. Ahí está la sede de las bellas artes.

Los policías, en su banco de madera en medio de los cruceros de las calles, de silbato y guante, dando las señales de paso a los vehículos y como a los peatones, casi todos me conocen, unos me ven con simpatía que hasta el paso me otorgan, otros con algún desagrado, pero me toleran.

Llegando a la Villita, mi recuerdo se va más atrás, cuando apenas la memoria empieza a serle fiel a uno; cuando a mi hermana Olga y a mí nos vestían de inditos, mi madre y su hermano Salvador (este de la bicicleta) para llevarnos a ofrecerle flores a la virgen.

Mi ciudad terminaba en la tenería de la Ten-Pac, de don Everardo Márquez, en esa hermosa casa en donde por aquellas épocas tuve el susto de decirle unas palabras a la esposa del gobernador en turno, en un 10 de mayo, en discurso elaborado por mi padre.

Hacia la izquierda de esa casa, no había ya más que lotes baldíos, algunos maizales y mi osadía, que me alentaba a ir más allá, aun sin pavimento, con la nefasta consecuencia de pagar el costo de ella, cuando algún amigo o amiga de mis padres (yo creo que amiga, más bien) tenían a bien señalarles: Vimos a Sergio en la bicicleta y sin cuidado alguno, por el horno de cremación o en la subida a Cubitos.

Es sábado nuevamente

Me he despertado a la misma hora, no hay ruido, mi recorrido es el habitual, frecuento los mismos lugares, sólo que ahora ya no está mi casa, ya no están las escuelas Altamirano o Benito Juárez de don Teodomiro, ni el casino español, ni Téllez-Girón el sastre, ya no está la güera-Lupe, ni queda tampoco ninguno de los amigos con los que mi padre jugaba dominó, ni Roldan, ni Juanita, ni Tere, ni los Aldana, ya no está el Kikos ni el Reforma. Ni la panadería de la Palanca. No está Baldomero el bisabuelo de Víctor, el de las tortas de hoy, ya no está Baudilio, ni los baños de Guerrero, ni la escuela de danza, ni la escuela Hijas de Allende, ni Angelita, la esposa de don Everardo Márquez, que antaño recorría por las tardes la ciudad en coche en compañía de mi tía Cata y de mi madre.

Y es que hoy tengo 68 años de edad y también tengo una bicicleta, pero ésta salió de muy mala calidad, la primera era una Hércules inglesa y ésta se la compré a Jacinto Benotto y, a pesar de sus avances tecnológicos, siete velocidades, aluminio en vez de hierro, ausencia de salpicaderas, etcétera, etcétera, es, con mucho, muy inferior a la otra, es más lenta y en las subidas es prácticamente un fracaso (ya no las hacen igual).

Si bien es cierto que mi actual recorrido está lleno de recuerdos y añoranzas y que en ocasiones se acompaña también de una que otra lágrima, debo decir que lo que más extraño son los regaños de Serafín y de Esperanza cuando sancionaban mi osadía, pero hoy lo entiendo, era sólo amor y preocupación, como la que debe tener mi esposa cuando me ve salir los sábados por la mañana al mover su cabeza y tal vez pensar "Ahí va este viejo necio otra vez en la bicicleta, nada más a exponerse".

Es cierto, ya no están las personas y algunos lugares han desaparecido, pero en cambio mi ciudad se ha vuelto muy hermosa:

En el cuartito donde guardaba mi bicicleta, ahora está mi consultorio. Mi callejón está pavimentado y tiene salida al río de las Avenidas, que se ha convertido en un hermoso y veloz pasaje, que en el transcurso de tan solo siete minutos le lleva a uno desde el centro de la ciudad hasta la zona plateada, con sus flamantes y nuevas tiendas, su gran hotel, su Tecnológico de Monterrey, su enorme y funcional auditorio y su pisal increíblemente hermoso. Esa mole de gigantescos y bellos puentes elevados que rodean todas las entradas y salidas de la ciudad, a la altura de cualquier urbe moderna y que han despejado, al menos temporalmente, la enorme explosión demográfica que padecen hoy, todas las ciudades en el planeta.

El parque Hidalgo sigue siendo bello y aun cuando echo de menos el cerrito de tezontle de mis años infantiles, a cambio ahora hay un exquisito reloj, también con un agradable tañer en su repicar.

En la gran fuente de este parque, la estatua de bronce de la mujer tocando la lira, monumento donado a la ciudad de Pachuca por el pueblo español en 1910 con motivo del centenario de nuestra Independencia, sigue adornando el entorno de ese parque, sólo cambió de lugar, antes estaba en el pequeño jardín, frente a mi casa, a un lado de la escuela Altamirano. La lira, de la que hoy adolece la estatua (pero que me consta que la vi), le fue sustraída por algún vándalo, no sé si para ponerla en su jardín o tal vez para pretender tocarla. Y que decir del disfrute de su pérgola central, toda de hierro forjado, con su techo de dos aguas soportado en ocho postes rematados, en la parte alta con sus lámparas de delfines alados, donación al gobierno de Pachuca por la colonia americana en 1920, también con motivo de nuestra independencia de España.

Mi recorrido por este parque lo hago saludando a todos los citadinos que se encuentran haciendo su ejercicio en las mañanas, de toda intención; por si algún niño me ve y dentro de 60 años el encargado de la cultura en ese tiempo, le pide una carta a Pachuca y tal vez encuentre material diciendo entre otras muchas cosas, el parque Hidalgo con su constante y sabatino viejito, de cachucha, bigote blanco y bicicleta, saludando cortésmente a todas la personas, y que hoy ya no está más.

Pasear por la zona de San Francisco con su fototeca, su museo, su biblioteca y sus jardines, visitar el CEUNI, y el parque Pasteur enfrente de mi antigua escuela de medicina, es delicia que consuela la ausencia del antaño.

Mi antiguo ICLA se ha convertido en una pujante universidad de reconocido prestigio, pero conservan el antiguo edificio de manera impecable. El actual campus universitario es motivo de orgullo para todos, los universitarios y los que no lo son.

Pachuca es bello tanto como lo fue en mi tiempo y estoy convencido que hoy lo es más. Avanza y progresa porque así debe ser la vida.

Quien se queda sólo en el pasado, viviendo exclusivamente de añoranzas y de quejas del mundo actual, lleva el serio riesgo de que se le pudra el alma, junto con sus añoranzas.

Dicen algunos viejos suspirando: “Ya nada es como antes”. Respondería yo, "¿y que esperaban?, hoy no es el antes, el hoy es el hoy y hay que aprender a seguirlo o incluso a tratar de adelantarlo, para procurar mejorarlo". La vida, como decía el maestro Chávez, la vida es misión, se viene a ella a enderezar lo que está mal o a mejorar lo que está bien. La vida nunca es expiación.

El hombre que reniega del futuro es tan pobre en su espíritu, como el que reniega de o ignora su pasado.

Termino mi reflexión, citando algunas palabras de Beltrán Russell:

"Ni todos los aciertos son modernos, ni todas las tonterías son antiguas, todo es cosa de que los hombres de todos los tiempos aprendan a reconocer los valores que son, han sido y muy probablemente seguirán siendo, comunes a todas las generaciones".

En hora buena tierra mía.


Sergio Trevethan Cravioto.
Pachuca de Soto a 10 de mayo 2009.

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