5 de mayo de 2012

Aniversario de la Batalla del 5 de Mayo

Para conmemorar el aniversario de la Batalla del 5 de Mayo, en la que participó Rafael Cravioto, entonces coronel, reproduzco una vívida crónica escrita por Jesús F. de Escudero, publicada el 5 de mayo de 1898, con motivo del 36 aniversario de la gesta militar, en La América Independiente, periódico semanal editado por José Agustín de Escudero en Ciudad Lerdo de Tejada, Durango.

El texto, que generosamente me envió la doctora Paulina del Moral, es rico en detalles dramáticos y coloridos, como el ánimo de la oficialidad mexicana en la víspera de la batalla; el silencio que hacía audible “el vuelo ligero de un mosquito”; la expectación ante un enemigo tan cercano que: “ya se percibe el corte de sus vestidos, ya se entrevén las facciones de los combatientes”; los gritos de guerra: “Vive L’Emperateur!”, “¡Viva México! ¡Viva la República!”; la lucha cuerpo a cuerpo y, sobre todo, el papel decisivo de los Zacapoaxtla.

Transcribo con la acentuación, las cursivas y las probables erratas del texto original.


AÑO 1. CIUDAD LERDO DE TEJADA, (Dgo.) Méx. -5 DE MAYO DE 1898. NÚM. 24.

LA AMÉRICA INDEPENDIENTE

PERIÓDICO SEMANAL DESTINADO A LA DEFENSA DE LOS INTERESES AMERICANOS

EDITADO POR JOSÉ AGUSTÍN DE ESCUDERO

¡5 de Mayo de 1862!

En este día grande y glorioso en que celebra México una de sus glorias nacionales, debemos tributar el homenaje de la gratitud á los esclarecidos campeones del Ejército de Oriente, que combatiendo al invasor, demostraron con arrojo y bizarría, su amor á la patria y a las instituciones demócratas y republicanas que nos rijen.

El hecho histórico de que hoy hacemos grata remembranza, solemnizando con entusiasmo, su trigésimo sexto aniversario, debe pasar incólume á la presente generación, tal como la presenciamos.

Era el 4 de Mayo de 1862. La ciudad Angelopolitana presentaba un aspecto indescriptible. Concluíanse a toda prisa las fortificaciones. La oficialidad se reunía para invitarse mutuamente á tomar un ligero alimento, juzgando, que tal vez, este sería el último que tomaban acompañados de sus camaradas; los encargos, las confidencias se sucedían, sabiendo todos que iban á combatir con un enemigo formidable, cuya reputación militar pregonaba la fama universal, y todos estaban resueltos á morir, cumpliendo con el sagrado deber del patriotismo.

Cuando el memorable día 5 DE MAYO se levantaba el Sol espléndido y radiante para ser testigo de un acontecimiento grande y fecundo en sus resultados, oyóse de improviso el toque de diana; las tropas mexicanas corren á sus puestos señalados, el parque se sitúa convenientemente en medio de aquel inmenso campamento y los soldados se proveen de él, con abundancia.

En medio de las filas de nuestros abnegados soldados y en la primera de éstos, se miran ya preparados cerca de doscientos hombres, casi desnudos y sentados en el suelo, cubiertos de sudor, con el fusil tendido por tierra, esperando estoicamente la hora del combate.

Sonaba en el vetusto reloj de la Catedral las diez y un cuarto de la mañana, cuando el vigía que se hallaba colocado en la torre de la misma Catedral, dió el toque de alarma, manifestando que el enemigo se ponía en movimiento.

El expectador que en aquellos momentos sin conocimiento de nuestros hombres y de nuestras cosas, hubiese contemplado la uniformidad y precisión con que eran ejecutados los movimientos de un ejército disciplinado y aguerrido, como lo era el de los invasores; y hubiese visto luego á los que iban á contener su ímpetu, entre los que se hallaban aquellos hombres que aún permanecían sentados; habría augurado desde luego una derrota segura.

Marcaba el reloj las once y veinte minutos. El fortín del cerro de Loreto ha disparado su primer cañonazo… Era la señal.

El enemigo avanza á paso de carga, y de momento en momento, se acerca; ya se percibe el corte de sus vestidos, ya se entrevén las facciones de los combatientes; el vuelo ligero de un mosquito, podía percibirse en todo el campo. Se escucha el punto agudo de una corneta… y á la voz de ¡fuego! responde el bramido de una pieza de artillería, que hace retemblar la montaña.

Esta primera bala enfiló la columna enemiga, que onduló como una serpiente, pero se rehízo, y siguió avanzando.

La artillería francesa hacía un fuego vivísimo y sin interrupción, el cual era contestado con igual ardor, por nuestra artillería.

El enemigo está a tiro… ya se escucha distintamente el grito ronco de ¡Vive L’Emperateur! al que contesta un eco inmenso con el de ¡Viva México! ¡Viva la República!

Ya casi era general el fuego en toda la línea. Una gran nube de polvo y humo ha cubierto por completo aquel cuadro del combate, y todavía aquellos hombres medio desnudos de que antes hemos hablado que eran los valientes hijos de Zacapoaxtla, permanecían sentados, diciéndose “¡todavía no!

Cuando su ojo certero acostumbrado á la caza del venado, les marcó una distancia conveniente, se levantaron en masa como impulsados por un resorte eléctrico; y echándose los fusiles á la cara, hicieron fuego.

Esta imprevista descarga hizo parar la columna del invasor. La mortandad crecía, y sin embargo, el enemigo avanzaba, siempre…

El combate era reñido y encarnizado entre mexicanos y franceses. La victoria parecía coronar ya á los segundos, cuando un esfuerzo supremo y desesperado de los bravos de Zacapoaxtla, rechaza y pone en completa fuga á la columna francesa, formada por zuavos, cazadores y el 99.

¡Ha pasado el primer combate!

Los fugitivos se reunen á su reserva formada por el cuerpo de Marina, y las columnas francesas se reorganizan y vuelven al asalto con doble furor y entusiasmo.

Llegan hasta las troneras de nuestros cañones, sirviendoles de escala los cuerpos de los nuestros, y por segunda vez son rechazados por nuestras tropas…!

Son las cuatro y treinta minutos de la tarde cuando el invasor intenta dar el tercer asalto desesperado para vindicar las dos anteriores derrotas que acababa de sufrir.

Entónces, nuestros soldados, que ya habían tanteado al enemigo, se lanzan con asombro, fuera de sus parapetos, y cuerpo á cuerpo, sin ventaja de número, ni de posición luchan allí con los que se tenían por ser los primeros soldados del mundo y en un momento de reñido combate, hacen huir á aquellas tropas, terror de la vieja Europa, y una corta sección de nuestra caballería, los ha seguido, les ha roto sus cuadros, obligándoles á formar grupos de tres y cuatro, por lo que se vieron obligados á arrojar sus mochilas y retirarse espantados, á sus últimas posiciones.

¡Qué gloria para México y para las armas republicanas, que alcanzaron á la patria de los libres, tan renombrada victoria!

El águila altiva del Anáhuac descendiendo de nuestras elevadas montañas, vino á coronar de laurel la frente de los invictos campeones del 5 de Mayo de 1862, y la historia escribió entonces con letras de oro sus nombres inmortales.

¡Que la gratitud nacional jamás olvide su deuda á los defensores de la patria!

Ya no hay vencidos ni vencedores. Nuestra hermana la República francesa, uniéndose al júbilo con que celebramos este aniversario de la derrota de las fuerzas invasoras del odioso Napoleón el pequeño, reconoce la justicia de la causa republicana que defendieron nuestros soldados.

Unidos ya con el vínculo de la fraternidad universal, podemos en este día glorioso levantar nuestra voz, para decir con todo el entusiasmo del corazón: ¡Viva la Francia republicana! ¡Viva México libre y soberano!
Jesús F. de Escudero

LISTA.

De los Generales y Jefes, y nombres de los cuerpos que sostuvieron el combate en Loreto y Guadalupe.
   General en Jefe de la División del Ejército de Oriente, C. General de División IGNACIO ZARAGOZA.
   General en Jefe de la posición, C. General de Brigada, MIGUEL NEGRETE.
   Segundo en Jefe, y Jefe del punto de Loreto, C. General de Brigada José M. Rojo.
   Sexto de Línea. –Su Coronel, Ignacio L. Alatorre; Batallón de guarnición en Loreto.
   Batallón de Zacapoaxtla. –Al mando del Coronel Juan N. Mendez en la reserva.
   Segundo Batallón de Puebla. –Su Coronel, Andrade de Párraga. En el fuerte de Guadalupe.
   Tiradores de Morelia. –Su Coronel, Luis Cázares. En la reserva.
   Batallón Mixto de Querétaro. –Su Coronel, Arraita, de Guarnición en Guadalupe, y Jefe del mismo punto.
   Fijo de Morelia. –Teniente Coronel, N. Vega. En la reserva.
   Batallón Cazadores de Morelia. –Coronel, N. Anzuares. En la reserva.

Columna que vino á reforzar el cerro á la hora del combate.
   Fijo de Veracruz. –Su Coronel, Miguel Sánchez.
   Primer Batallón de Toluca. –Su Coronel, Caamaño.
   Segundo Batallón de Toluca. –Su Coronel, Hipólito Ortiz.
   Jefe de la columna, General Felipe B. Berriozábal.
   Batallón Reforma de San Luis.-Su Coronel, Modesto Arriola. Llegó al decidirse el combate y acudió al asalto del cerro de Guadalupe.
   El General Feliciano Chavarría se presentó en lo más reñido del combate, y después el coronel Rafael Cravioto y el C. Ignacio Romero Vargas; habiendo asistido también solo y sin mando en el fuerte de Guadalupe, el General Gayosso.
   El Coronel Salas, Jefe de la pequeña escolta del C. Romero Vargas, perdió un brazo en el último ataque de los Zuavos.

Un comentario final. Hace unos días, mi primo Jesús Corrales, a propósito del tema, se imaginaba, gozoso, la "sorpresa macabra que se llevó el entonces ejército más experimentado del mundo (el napoleónico) y la cara de incredulidad del general Lorencez, al sufrir el revés de la lucha cuerpo a cuerpo con los valientes ZACAPOAXTLAS (así con mayúsculas) de la Sierra Norte de Puebla. La destreza centenaria o tal vez milenaria que tenían dichos indígenas (que no indios) en el uso de esa arma blanca, ancha, larga y filosa, que es el machete, y dadas las circunstancias de una injusta y brutal agresión a sus tierras, cambiaron se uso, de herramienta de trabajo por el de arma a muerte para la legítima defensa de lo propio, lo que se volvió un factor determinante en los resultados de esa batalla […] sin dejar de citar lo básico y fundamental que fue la estrategia serena y puntual del general Zaragoza y la valentía y buen manejo de los generales Díaz y Cravioto, entre otros héroes”.
La reflexión me hizo recordar la llamada “batalla de las piedras” donde, en junio de 1886, también en la Sierra Norte de Puebla, tras vencer a pedradas a un grupo de zuavos, Juan Galindo les decomisó las armas que tanto necesitaban los mexicanos.

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