Apuntes de una vida olvidada
Mónica Cravioto
Escribir sobre Magdalena Casa Madrid Cravioto ha sido, desde el inicio, un ejercicio de búsqueda y de aceptación de los vacíos. La información sobre su vida es escasa, fragmentaria, dispersa en documentos oficiales, catálogos de exposiciones y recuerdos familiares transmitidos de manera oral. Como ocurre con tantas mujeres artistas del siglo XX, su historia está hecha de lo poco que sabemos y de lo mucho que ignoramos.
Sabemos, por ejemplo, que nació en Pachuca, Hidalgo, el 23 de enero de 1899, que fue hija de María Cravioto Morales y Alberto Casa Madrid Morel y nieta de Guadalupe Morales y Simón Cravioto Pacheco. Algunos testimonios familiares hablan de que creció en la opulencia. En mi familia, recuerda Jesús Corrales, se contaba que, cuando la tía Nena era niña, el personal de servicio de su casa servía la comida con guantes blancos y trajes de librea.
Congruente con su posición social, recibió una educación que incluyó clases de pintura, probablemente con maestros particulares. Nada hacía pensar entonces que esa práctica terminaría siendo, años después, su principal sustento.
Se casó a los 24 años, pero no tuvo hijos. Las versiones sobre el destino de ese matrimonio son contradictorias y no he logrado documentarlas con certeza: algunas señalan que quedó viuda; otras, que fue abandonada. Todas coinciden, sin embargo, en que su esposo dilapidó su herencia familiar dejándola en la pobreza. Ese hecho marcó de manera definitiva su vida adulta. Magdalena tuvo que dedicarse a dar clases de pintura, tanto en una secundaria pública como a alumnos particulares que recibía en su casa, un departamento de renta congelada de la colonia Roma de la Ciudad de México.
Su rastro en la historia del arte aparece de manera puntual en algunos catálogos. En 1939, a los 40 años, participó en la Exposición de Aguafuertes, Madera, Monotipia y Dibujos de los alumnos de la Escuela de Artes del Libro, dependiente del Departamento de Educación Obrera de la Secretaría de Educación Pública, realizada en el Palacio de Bellas Artes. Magdalena presentó cinco obras: Los viejitos de Pátzcuaro; Los arqueros, de Nayarit; La danza del venadito, de Sonora; Patio, Querétaro, y Una calle de Taxco, realizadas en técnicas de aguatinta y aguafuerte.
En 1941, a los 42 años, volvió a aparecer en una exposición colectiva de grabado, organizada en la Galería de Arte y Decoración, en la calle de Venustiano Carranza 30. Participaron 30 artistas gráficos, de los cuales solo cinco eran mujeres. Entre los hombres figuraban nombres hoy ampliamente reconocidos, como Carlos Alvarado Lang, Raúl Anguiano, Leopoldo Méndez, Julio Prieto, Koloman Sokol y Alfredo Salce. Las mujeres fueron Magdalena Casa Madrid Cravioto, Lola Cueto y las artistas estadounidenses Lydia Kratina, Tamara Miller e Ira Moskowitz. Magdalena participó con una aguatinta y un grabado en madera.
Hacia 1945, a los 46 años, el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana adquirió un álbum de danzas indígenas mexicanas de su autoría, muy probablemente integrado por las obras que había presentado en la exposición de 1939 y que hoy se conservan en la Colección Fernández.
La imagen de Magdalena ha llegado hasta nuestros días de forma tan fragmentaria como su biografía. Jesús Corrales Vivar me proporcionó la única fotografía que tengo de ella. Aparece a una edad avanzada, acompañada de su prima Sofía Cravioto Huguenin.
Las imágenes de su obra también han ido apareciendo de forma dispersa: la Colección Fernández me proporcionó generosamente fotografías de la carpeta de las danzas, y las familias Ornelas Cravioto, Ibarra Cravioto y Payró Cravioto me compartieron imágenes de algunas acuarelas y un óleo.
Con todo ese material —una sola fotografía de ella y reproducciones aisladas de su producción artística— decidí crear una imagen por inteligencia artificial en la que Magdalena aparece rodeada de su obra. No es una reconstrucción literal ni pretende serlo; es un gesto simbólico, una manera de devolverle un lugar visual a una artista que, durante décadas, ha permanecido prácticamente invisible.
Después de mediados del siglo XX, el rastro de Magdalena vuelve a desvanecerse. No he encontrado entrevistas, textos críticos ni correspondencia. Sé que pasó sus últimos años en una institución de asistencia privada para ancianos de escasos recursos, ubicada en la colonia Ampliación Tepepan, en la Ciudad de México. Por su acta de defunción sé también que murió el 5 de abril de 1988 a causa de un infarto agudo al miocardio y que su cuerpo fue cremado. En el documento se consigna que era “viuda” y que su ocupación era “maestra de pintura”.
Escribir sobre Magdalena Casa Madrid Cravioto es, para mí, un acto de restitución. Nombrarla es reconocer a una artista que participó en espacios relevantes de su tiempo y que, sin embargo, quedó fuera del relato dominante. También es asumir que la historia del arte está llena de silencios y que reconstruir estas vidas, aunque sea de manera incompleta, es una forma de resistencia contra el olvido.



Un acto de justicia bellamente escrito y profundamente conmovedor.
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